Los pedidos llegan mientras tus comerciales están en la calle vendiendo. Rocoto los convierte en albaranes y se para en los que necesitan a una persona.
El día de un comercial pasa entre la furgoneta, el mercado y la nave, con el teléfono en una mano. Rocoto trabaja en ese mismo teléfono y en esa misma mesa: rellena lo que ya sabe de esa cuenta, aparta lo que le hace dudar, y lo que el almacén necesita se imprime de una vez.
Un albarán nuevo se abre con lo que esa cuenta lleva siempre, y la primera línea llega rellena — «pidieron merluza · puesta la Merluza que tenías».
Lo que se llevaron la última vez y lo que han dejado de llevarse está en la misma pantalla. La historia va dentro de la línea, en el momento en que se escribe la línea.
Los mensajes de todos los días Rocoto los contesta como los contesta tu casa, con frases sacadas de tu propio histórico.
El resto llega con el motivo por el que esperó, las palabras del cliente, lo que Rocoto leyó de ellas y el albarán ya abierto detrás.
Los albaranes del día están en un sitio, con su cuenta encima — 126 por imprimir, seis nuevos desde las nueve y cuarto. Salen cuando tú le das.
El mismo documento se recoloca solo para A5, y cada línea lleva lo que de verdad salió: los kilos, la clase y el lote.