El albarán sale del stock que tienes, así que compras vive dentro de Rocoto: el catálogo, los precios del día y la lista que va a tus proveedores.
La compra la decide la persona que está en la cámara, en la lonja o en la puerta de recepción. Rocoto pone el trabajo donde esa gente ya está — en un teléfono, sobre el catálogo que ya llevan — y lee lo que mandan los proveedores directo a tus entradas.
Dos maneras de contar van una al lado de la otra, porque las dos son verdad en momentos distintos: cuánto hay ahora, o cuánto acaba de llegar.
Rocoto propone el lote y dice en qué se queda el stock antes de guardar nada. La persona que está en la nave elige cuál de las dos frases está diciendo.
Los precios pasan de uno en uno, como pasan las notificaciones — «1 de 10», y el siguiente — cada uno con el número de ayer debajo.
Va igual de rápido con todas las tarifas que llevas, de pie en la cámara con el teléfono en una mano.
Estantes, familias y variantes, guardados como los guarda tu casa, con lo que el año vio escrito al lado de cada uno — «pedido 11 veces este mes», «escrito en 12 albaranes, bajo Merluza».
La ficha de un producto tiene sus tres tarifas juntas y el margen que las fija.
Tus proveedores mandan a la dirección de tu empresa, como ya lo hacen.
Lo que llega, llega leído — el proveedor, el artículo y los kilos que entraron — y cada uno guarda el PDF en el que vino y el minuto en que vino.